La sala porno que no quiere cerrar  | Revista DC
Esmeralda Pussycat. Foto: Juanita Eslava Esmeralda Pussycat. Foto: Juanita Eslava

La sala porno que no quiere cerrar 

Se llama Esmeralda Pussycat, está camuflada en medio de un asadero de pollos y un almacén de corbatas en uno de los sectores más transitados de Bogotá; se mantiene a pesar de que son muchos los que lo voltean a mirar, pero pocos los que se animan a entrar.

Por Héctor Cañón.

Es uno de los sobrevivientes de los cines XXX de Bogotá: un suceso macondiano en una época en la que hay 25 millones de portales web porno y en la que los líderes, YouPorn y PornTube, reciben alrededor de 27 millones de visitas diarias.

Lo podríamos llamar el viejo verde del septimazo. Es inexplicable que siga resistiendo a la industria del cine porno por Internet, si se tiene en cuenta que en 2016 los reyes de este mercado movieron 60 mil millones de dólares, según la revista Forbes, y que solo fueron superados en cifras por los dueños del narcotráfico, la prostitución, las armas y el petróleo.

Esmeralda Pussycat. Foto: Juanita Eslava
Foto: Juanita Eslava

Adentro hace un frío de los mil demonios y la mayoría de sus 200 butacas de madera, que hacen extrañar la comodidad impersonal de las salas multiplex, permanecen vacías en las 10 horas diarias en las que sus puertas están abiertas.

Afuera no recurren al volanteo ni al jovencito diciéndoles “chicas, chicas” a los transeúntes. No hay gorilas en la puerta que apliquen la máxima de “nos reservamos el derecho de admisión” ni payasos con altoparlante invitando a la distinguida clientela a darse un chapuzón de porno. Al fondo de la amplia puerta sin letreros, una gatita rosada dibujada en un anuncio blanco es la única que no maneja el bajo perfil. Tiene un tabaco con pitillera humeando en la mano izquierda, una actitud de estar de levante y si uno se detiene a mirarla puede verla como la versión femenina y hot de la Pantera Rosa.

Esmeralda Pussycat. Foto: Juanita Eslava
Foto: Juanita Eslava

“¿Ustedes me están tomando fotos?”, pregunta un sexagenario que sale del lugar con total preocupación. “No, hombre, solo son de la fachada. Mire, usted no aparece”, responde la fotógrafa.

El hombre se va con cara de pocos amigos, después de asegurar que es su primera vez por acá. El tráfico de cinéfilos es lento, pero en dos horas entran y salen más de veinte clientes. Algunos se quedan en el pasillo mirando los carteles que anuncian clásicos y al final no se deciden a pagar los $9.000 de la boleta.

Las parejas son invitadas al segundo piso o a un rato de intimidad en las cabinas privadas. Los hombres solos están destinados al primer piso, donde es común ver a una pareja de ellos practicando sexo oral o intercambiando caricias amparados en la soledad del lugar y en la permisividad de un celador cuya única misión es prevenir peleas o cámaras que evidencien la sordidez.

Esmeralda Pussycat. Foto: Juanita Eslava
Foto: Juanita Eslava

“Este negocio se vino abajo hace veinte años por la inseguridad y luego porque prefieren ver porno en su computador”, asegura Héctor Ruiz, uno de los empleados. El hombre, experto en las salas de cine del sector, asegura que, en 1990, por los días en que las funciones de Retroceder nunca, rendirse jamás, de Jean Claude Van Damme, llenaban las mil y pico de bancas del cine Olympia, el Esmeralda Pussycat, el Novedades y demás cines porno del centro bogotano podían recibir dos mil espectadores en una premier.

Esa época ya es mera nostalgia. Hoy la función es de una extraña película en la que se pasa de una pelea entre zombis a una grotesca secuencia de una rubia que alterna sexo con un banano, un pepino y una salchicha. En medio del filme, que produce más risa que excitación, uno se pregunta cómo hacen los clientes del Esmeralda Pussycat para vivir anclados en un tiempo que ya murió.

Dónde: Carrera 7 # 23-73
Horario: lunes a domingo, 9:00 a.m. a 8:00 p.m.

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